¿Discutes mucho con tu pareja?

Que todas las parejas discuten no es ningún secreto. Las complicaciones y los desencuentros surgen incluso entre las parejas mejor avenidas.

Y, aunque parezca que no, a veces es mejor discutir una cuestión que callársela y dejar que a uno lo invada el resentimiento.

actitudes que acaban con el amor

Si siempre que nos sentimos heridos nos callamos, la comunicación con la pareja se va desgastando; las tensiones, acumulándose y cualquier día es bueno para que estalle la bomba que provoque el fin de la historia.

Hay que hablarlo

La comunicación ha de discurrir de manera sincera y directa, preferiblemente. Las evasiones y/o manipulaciones desembocan casi siempre en la desconfianza y el resentimiento.

Además, no por evitar una discusión nos libramos de ella. A causa de ese malestar que se va acumulando, es frecuente que la misma se presente después con toda esa tensión “extra”, que la hará más fuerte y desagradable.

Conclusión: Los problemas hay que resolverlos cuando surgen.

¿Y si las discusiones son muy frecuentes?

Analicemos esto con la cabeza. El corazón ya “pensó” durante la etapa inicial de la relación.

Las discusiones tienen que servir para llegar a soluciones. Si discutimos mucho con la pareja y esto sólo consiste en que uno le arroje los trastos a la cabeza al otro, van a seguir repitiéndose las mismas… una y otra vez.

En cambio, si discutimos y vamos llegando a acuerdos, estamos en el buen camino.

¿Quién dijo que tener pareja es fácil? En ocasiones supone un largo período de ajuste. Y, sí, hay que discutir y negociar muchas cuestiones.

La ventaja en este caso es que se supone que los dos miembros de la pareja disponen del amor y de la buena voluntad necesarios para arreglar sus diferencias.

Por tanto, no importa tener dos discusiones al mes o un ciento. Lo que importa es que sirvan para llegar a acuerdos que mejoren la relación.

Si en las discusiones uno de los dos miembros de la pareja (o ambos) no escucha, se limita a hacer reproches o trata de imponerse al otro, entonces hay que plantearse la cuestión de otra manera.

¿Merece la pena continuar la relación cuando uno de los dos (o ambos) no está a gusto con cómo es o con lo que hace el otro… y no está dispuesto a ceder?


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