Todas tus amigas se casan y tú no

Al entrar en la década de los 20, más o menos, tu grupo de amistades comienza a cambiar. ¡Oh! Todas comienzan a emparejarse.

Cuando surgen planes, tus amigas ya no dicen: “iré, haré, llevaré…” Dicen: “iremos, haremos, llevaremos…” Porque a un buen número de sitios donde antes iban por su cuenta, ahora van con sus parejas.

sola esperando

Se olvidan de tu cumpleaños. Te llaman menos. Tienen otros compromisos.

Cambian sus prioridades, sus gustos, sus temas de conversación. Y, poco a poco, comienzan a casarse o a “arrejuntarse”.

Y tú, soltera. Cada día más sola, más desconectada… y temiéndote lo peor.

Va pasando el tiempo y te da vértigo. Un extraño pánico se apodera de ti. Comienzas a imaginarte sola, con 80 años y sin nadie. Quizás en compañía de docenas de gatos, pájaros o hurones.

Entonces, para sentirte un poco mejor, te figuras que muchas de esas parejas durarán lo que el agua en un cesto. Tus amigas estarán unos meses con sus parejas y, luego, volverán a la soltería.

También te acuerdas de otra gente que conoces que no suele salir con nadie. No eres un bicho raro, porque ellos también están solteros.

Pero sigue pasando el tiempo, corren los años, y ves que tus amigas siguen emparejadas (algunas ya tienen niños, incluso). Y que la gente que parecía que iba a estar soltera toda su vida, también encuentra su pareja.

Y tú, soltera. Ya estás harta de ir sola a reuniones de parejas; harta de los fines de semana sola; harta de las vacaciones sola.

Es el cuento más terrorífico que hubieras podido escuchar en tu infancia. El que nunca hubieras pensado que ibas a protagonizar. Pero así fue. Te convertiste en la solitaria princesa que nadie quiso.

¿Por qué? ¿Qué hiciste mal? ¿Qué hay de malo en ti?

Nada. Que paren los lamentos.

Primero. En ti no hay nada de malo. O, al menos, nada tan monstruoso como tú supones.

Segundo. Tener pareja no te hace más feliz, si no sabes serlo por tu cuenta. Es más, en cuanto te apliques en hacerte feliz a ti misma y en verle a la vida su lado amable, es más probable que atraigas a una persona que quiera compartirlo contigo.

Tercero. Esto no es una competición. Es absurdo comparar quién se casa antes o quién compra primero una mansión familiar.

Da igual si tu sobrino se casó antes que tú. No importa. Deja de sentirte mal o, peor todavía, de querer echarte en los brazos del primer cafre que se cruce por miedo a quedarte sola.

Celébrate tú. Celebra la vida. Y deja que cuando el amor llegue (que no es raro que lo haga, aunque se esté retrasando) te encuentre sonriente y bailando.

Colorín, colorado… Este cuento NO ha acabado.

Imagen de Ed Yourdon


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