¿Presumes mucho tratando de impresionar?

¿Cuál es el punto de contar tantas maravillas sobre ti mismo cuando comienzas a salir con alguien? Ensalzarte hasta las nubes puede salirte por la culata.

Podría denotar que tratas de compensar tu baja autoestima, tu inseguridad. Esa persona podría darse cuenta.

Y, si resulta impresionada y fascinada por tu reguero de éxitos, podría tratarse de alguien con una autoestima más arruinada que la tuya, que se arrima a ti para adquirir un espejismo de superioridad.

deslumbrante

Por tanto, no parece una actitud muy recomendable. Aquí tienes otras alternativas.

1. Relájate y escucha. Habla de ti, sí. Pero permite que la otra persona también tenga la ocasión de hablar de sí misma, sin interrumpirla para volver a hablar de lo tuyo.

¿Quieres agradarle? Escucha lo que te dice con toda tu atención. Si resulta que es él/ella quien no se cansa de hablar de sus innumerables logros y virtudes, ya decidirás si hay una siguiente cita.

2. Dosifica tus maravillas. ¿Para qué vas a contar toda tu vida y milagros de golpe? Deja que se vaya dando un mutuo descubrimiento. ¿No te parece más interesante?

3. Ve con calma. Conocer a la otra persona lleva su tiempo. Aunque te posea la fascinación, ve despacio.

Tómatelo como un baile lento compartido. Te arriesgas a dar y recibir pisotones cuando uno de los dos acelera sin tener en cuenta el ritmo del otro. (Y ya sabes a qué “pisotones” me refiero.)

En definitiva, no necesitas echarte flores a destajo para impresionar favorablemente a esa persona. Relájate y permítele ir descubriendo quién eres.

Si te gusta la entrada, comparte, por favor...