¿Te impacientas cuando tu pareja no contesta tus llamadas?

Te he llamado cinco o seis veces en este rato. ¿Por qué no me contestas?

Si te desesperas frecuentemente en situaciones así, considera que quizás estás haciéndole un marcaje muy duro a tu pareja.

Esa vigilancia se debe a menudo al miedo a perder a tu pareja. Y lo peor del caso es que, cuanto más intensificas el marcaje, más tensiones suelen aparecer en la relación.

De vez en cuando, una llamada para saludar o para compartir una confidencia es un bonito detalle. En cambio, las llamadas o los mensajes incesantes esperando respuesta se pasan de rosca y no ocasionan nada bueno.

A ti, desde luego que no. Te torturas alimentando fantasmas sobre el posible desinterés de tu pareja. Inviertes un esfuerzo que podría repartirse mejor, ¿o no? ¿Acaso no tienes otros asuntos que atender aparte de estar todo el día pendiente de tu pareja?

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Hablando de tu pareja, a él/ella tampoco es probable que le guste el marcaje. Al inicio de la relación, bueno va. Pero, ya que la relación se asienta, es duro sentirse vigilado. Tal vez, comience a ocultar comportamientos inocentes con tal de no levantar tus enojos o sospechas.

Es normal. Cualquiera se molestaría cuando están vigilando sus pasos. Es desagradable pensar que tienes que dar explicaciones, como si estuvieras haciendo algo malo, cuando quien está sacando los pies del tiesto es la pareja que se “obsesiona” con la vigilancia.

Si eres tú la parte que se impacienta y se siente mal cuando no sabe dónde anda su pareja, trata de verlo desde este ángulo. Tanto tú como él/ella estaréis más tranquilos en cuanto te decidas a atar en corto a los que sí te están haciendo la pascua: tus miedos.

Habla con él/ella de la situación. Dedica más tiempo y energía a tus proyectos e intereses. Tómale el gusto a la libertad: la tuya y la suya.

Los dos sois personas libres e independientes; cada cual con su identidad y sus objetivos. Y, libremente, habéis decidido compartir un proyecto común.

Esto parece más agradable que atar a la pareja o dejarse atar. Aunque, claro, eso tienes que pensarlo tú.


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