Jamás encontraré el amor

Partamos de una estampa desoladora: la de los que quieren tirar la toalla porque se sienten incapaces de encontrar el amor.

He ahí a una persona que se cree poquita cosa. ¿Qué pueden ver en él/ella los demás para sentirse interesados? Nada (o eso es lo que piensa).

Los demás no se le acercan, haciendo más frustrante su deseo imposible de sentirse amado/a. Y, si alguien se aproxima, acaba marchándose, dejando a esta desafortunada persona en el convencimiento de que siempre estará solo (o sola).

Eso es muy triste, desde luego. Duele. Es la historia de mucha gente. Lo chocante es que, en no pocas ocasiones, el problema está en lo que ellos creen de sí mismos, que no tiene porqué corresponderse con la realidad.

hoja seca

¿Vemos un ejemplo? Salgámonos del amor un instante para entrar en un terreno distinto: el trabajo.

Supongamos que yo hago una búsqueda de empleo. Los primeros intentos son un desastre. Prefieren a candidatos mejor preparados. No obstante, sigo probando hasta que consigo un contrato.

Dura un tiempo, hasta que me despiden, y después me entero de que mi puesto lo ocupa una jovencita muy bien cualificada.

A estas alturas, estoy deprimida. Basándome en las experiencias iniciales que he tenido, creo que nadie me va a volver a contratar: No sirvo para nada… (Ya empiezo a exagerar.)

Como creo que no sirvo para nada, empiezo a aceptar empleos de mala muerte: me pagan una miseria, me obligan a trabajar más horas que un reloj y hasta me hacen comentarios ofensivos. Así, hasta que me echan o me voy yo quemada viva por la experiencia.

Es un terreno distinto, pero desemboca en lo mismo: Debido a la opinión tan pobre que tengo de mí misma, me rindo antes de tiempo y me enfoco en opciones que van a confirmarme lo poquito que valgo.

Valórate tú primero, si esperas que alguien lo haga

La diferencia entre quienes encuentran amor o trabajo y quienes tiran la toalla puede ser una solita: la confianza.

Si yo no dudo de mi valor, pese a las primeras intentonas fallidas con el empleo, voy a buscar por otro lado. O voy a entrenarme a conciencia, porque yo me merezco ese esfuerzo que voy a hacer por mí misma.

Estoy tranquila. Sé que valgo. Seguiré intentándolo. Sé que, tarde lo que tarde, conseguiré lo que quiero. O, bueno, es mucho más probable que lo consiga que si adopto la actitud derrotista que está descrita más arriba.

Ya, ya… No es fácil mantener una confianza a prueba de bombas. Al contrario, es difícil cuando partes de experiencias negativas. Pero, entre creer que valgo y creer que NO valgo nada, yo prefiero apostarle a lo primero. (Lo segundo ya sabemos qué resultados da.)

Como todo el mundo, tengo cosas valiosas que aportar y más que puedo tener. Y, si yo no les doy ningún valor, es poco probable que otro vaya a valorarlas.

A saber cuánta gente con cualidades maravillosas hay creyendo que valen poco… Ojalá que se atrevieran a cuestionar qué hay de cierto en esa creencia y empezaran a darle uso a lo que tienen.


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